Como último recurso, en posesión divina de reconocer un dios más alto que nosotros mismos, surgió la orden de partir en dos el mar para seguir avanzando. Me abrí el pecho y te mostré mi corazón, palpitante y vulnerable como un pez fuera del agua.
Pasaste de largo.
Igual hubiera sido preferible que abriera otra cosa.
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